He utilizado ambas palabras para describir nuestro sistema político, y las he utilizado con evidente desagrado.
La custodia y administración de lo que nos es común debe estar en manos de quienes respondan ante los ciudadanos, y el único sistema que garantiza esa responsabilidad es el democrático.
No deseo vivir en un sistema en el que la razón de partido y el interés de unos pocos prima y se impone al interés de todos.
Si no se recaudasen impuestos, y si éstos no se utilizasen para la obtención de resultados satisfactorios para los ciudadanos, comprendería las dudas que admirados pensadores como el profesor don Alejandro Nieto tienen sobre la existencia de lo público.
Como existen los impuestos, existe lo público, del mismo modo en que el asumir un sacrificio privado en beneficio de otro delata la existencia de un bien superior al propio que sólo puede ser el bien común.
Lo que se hace con los recursos comunes, y especialmente la necesidad perentoria de que sea lo más adecuado, es lo que hace tan importante la forma de Estado y de Gobierno (con mayúsculas).
Si son dictatoriales, por más que tengan rasgos benevolos (en algunos y excepcionales casos), lo público se utilizará para asegurar el poder del dictador.
Si son oligocráticos, los recursos comunes se utilizarán para asegurar la permanencia del grupo de poderosos en el poder.
Sólo si son democráticos se utilizarán en beneficio de todos, ya que el poder radicará en todos.
Es evidente que todos no pueden ser parlamentarios, ni ministros, ni magistrados.
La democracia consiste precisamente en que todos controlemos a los parlamentarios, a los ministros, a los magistrados, de modo que ellos respondan ante nosotros.
Y no al revés.
Para eso, la estructura del Estado debe estar diseñada precisa y metódicamente alrededor de los mecanismos de control.
Los gobernantes deben responder ante los ciudadanos.
Los parlamentarios deben responder ante los ciudadanos.
Los magistrados deben responder ante los ciudadanos.
En la actualidad, nuestra clase política, si responde ante alguien, cosa que es más que dudosa, es ante ella misma.
Me explico; tanto los gobernantes, como los parlamentarios, como los magistrados que pueden tener que juzgar sus actos, son colegas, son cofrades, son compañeros.
En muchos casos, por que pertenecen a los mismos partidos políticos.
Y en las pocas excepciones en las que no hay carnet de partido, hay una declarada simpatía hacia uno u otro, que es lo que les ha hecho acreedores al puesto.
Las personas que ocupan puestos de responsabilidad en España sólo responden ante sus iguales, y no ante nosotros, los ciudadanos.
Este hecho rebaja nuestra posición a la de meros subditos suyos.
Y califica a nuestro sistema políico como no democrático.
Los partidos políticos se han encajado entre los ciudadanos y las instituciones, intermediando y especulando con la Soberanía Nacional.
La poseen, la usan, y abusan de ella.
Sólo así puede entenderse que Zapatero defienda en el Congreso que es puramente democrático que los miembros del Consejo General del Poder Judicial seaan elegidos por el Parlamento, cuando tal cosa quiebra el principio de división de poderes y por tanto anula la pretensión de que en España exista el Estado de Derecho y por extensión la Democracia.
Y Zapatero no es el único en defender semejante ignominia.
No debemos seguir ciegos a esta realidad, si queremos que deje de serlo algún dia.
No podemos permitirnos ese lujo más tiempo.
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